“El trauma es una oportunidad para conocer el alma”

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  • Es probable que muchos tengan algún cercano que haya sufrido algún tipo de trauma. Un fenómeno complejo de abordar, por las huellas que deja en las personas que lo sufren, y del cual muchas veces es difícil salir adelante sin el apoyo de un especialista.

Una situación traumática no se define como tal por el hecho en sí. Es decir, un episodio de la vida, por extremo que sea, puede convertirse en traumático para algunas personas y para otras no. Entonces, ¿qué es lo que define que una vivencia se convierta en trauma?

El psicólogo clínico Felipe Banderas, quien es profesor del Diplomado en Acompañamiento en situaciones de trauma: un abordaje desde la psicología Jungiana y la espiritualidad que dictará la Universidad del Pacífico a partir del 27 de julio julio, explica que un suceso que se convierte en trauma presenta dos grandes características: es una experiencia emocional que resulta intolerable y sin escapatoria, y es una experiencia donde no hay testigos que den cuenta de eso que ocurre.

“No es lo mismo que una chica o chico que en su juventud o infancia lo abusaron, vaya donde sus padres y ellos actúen, atestigüen y den cuenta de lo que ocurre; o que el papá vaya y le pegue un combo al hermano o cuñado que realiza la acción. No es lo mismo eso, que lo que suele ocurrir en personas traumatizadas por abusos sexuales, que es que los padres no hacen nada o hacen como que no pasó. Así, la ausencia de testigos es lo que define la experiencia traumática. Por lo tanto, en una relación emocional correctiva, el terapeuta debe actuar como un testigo emocional y ser el primero en ver aquello que nadie ha querido ver”, señala el especialista.

Por ello, el trauma es un fenómeno muy complejo. “Además del evento concreto, es la experiencia subjetiva de ese evento y es lo que queda hoy al respecto. En ese sentido, siempre vamos a tener que cuidar de no solamente entender o mirar el trauma como un congelamiento del alma; también el trauma es la oportunidad para conocer mi alma. A través de ese dolor es cómo conoceré mi propia espiritualidad, el trauma como nexo entre mi sujeto y mi alma. Lo que quiero decir es que cuando uno está en la actualidad tomado por la emoción traumática que me conecta con mi infancia, esa emoción es una emoción arquetípica, no es una emoción cualquiera. Es una mucho más intensa, que me conecta con otro tipo de realidades”, precisa el psicólogo clínico y psicoterapeuta jungiano.

El especialista plantea además que las experiencias traumáticas, sobre todo las ocurridas en edades más tempranas, actúan en la psique del individuo como una experiencia de destino. “Si a un chico sin padre le toca a una madre muy deprimida, que cuando guagua lloró y no fue tocado, y prontamente experimentó la soledad y la oscuridad, probablemente cuando vaya creciendo e intente insertarse en el mundo y tenga nuevas experiencias difíciles, al tener esa sensación arquetípica de la madre muerta, la madre de luto, la madre negra, esas experiencias serán como un acorde que toca de nuevo la experiencia original. No hay nadie ahí para contener. Sólo frío y soledad”, ejemplifica.

 

“Cada vez que se provoque en la vida este acorde, será una nueva oportunidad para chequear dónde está el destino en la psique, cómo es que se siente inserto en esta obra de teatro que es el mundo. Es una nueva oportunidad para encontrarse con el alma. Y si a esa persona luego le ocurre, por ejemplo, que sufre otra pérdida, nuevamente viene el acorde de la madre muerta. Es intolerable, sobre todo porque probablemente nadie le ha dicho que esto es así. Pero es otra oportunidad para entender cuál es la memoria, el alma, el destino”, agrega el docente de la Universidad del Pacífico.

 

En este sentido, apoya lo que planteaba Jung sobre la importancia de establecer una psicología clínica con alma. “La clínica no puede perder la perspectiva del alma, esa conexión hacia nuestra propia y subjetiva totalidad. Porque cuando conozco mi alma, sé quiénes son mis semejantes y quiénes están en otro camino. El alma no sólo reúne internamente, también nos reúne con los otros”, afirma Banderas.

 

En este punto hace la pregunta: “Cuando uno está frente a un paciente, ¿dónde pongo al alma, dónde pongo el espíritu? Pareciera que una forma de ‘operacionalizarlo’ es poniéndolo en la memoria. El alma es la memoria, memoria que no sólo significa recuerdo cognitivo, sino emocional, corporal, relacional y contextual de lo que implicó mi primera infancia y de lo que implicaron mis experiencias difíciles. Por eso, probablemente solemos poner el alma en las personas que amamos, las que podrían potencialmente ayudarnos a recordar quiénes somos. Porque realmente lo que ocurre es que si uno aprende a convivir con sus experiencias traumáticas, sabe quién es. Ahí la importancia de la psicoterapia y del testigo emocional”, dice el experto.

 

Sin embargo, plantea que no siempre vale la pena que los terapeutas insistan con sus pacientes en volver al trauma. “En mi caso particular, un referente importante son los sueños del paciente, ya que hay veces en que la productividad onírica empieza a mostrar que no es bueno volver. Acá en las imágenes oníricas empiezan a aparecer símbolos del peligro que podría implicar volver para la psique, para el yo. Grietas, socavones. Entonces, en esos casos, uno podría al menos, en el vínculo con el paciente, conversar qué es lo mejor. ¿Y cuál sería entonces un motivo para volver? Uno de ellos es el intento que existe en la relación terapéutica de rescatar el alma. Es decir, de rescatar la memoria. Es un motivo para empezar a tocar la herida”, concluye el académico del Diplomado en Acompañamiento en situaciones de trauma de la Universidad del Pacífico, Felipe Banderas.

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