CONSECUENCIAS EMOCIONALES AL DEJAR QUE EL HOMBRE NOS «AYUDE EN LA CASA»

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Por: Catalina Calvetti 

Puede que el título de esta columna te parezca extraño, antes de que saltes de página te pido que imagines la siguiente escena ficticia que voy a relatar:

“Tu primo querido acaba de ser padre primerizo y tú no puedes más de la alegría, eres invitada a cenar a su casa y tomar una cosita junto a la feliz pareja para celebrar a la llegada de tu sobrinito. Decides llegar puntual a la cita y te abre la puerta la esposa de tu primo; te abraza super cariñosamente pero puedes notar que está realmente agotada, te invita al living para que esperes mientras ella revisa la lasagna del horno y hace dormir al bebé.

Aparece tu primo, te invita a compartir una copa, se sienta cómodamente en el sillón y con muchos detalles te comenta cómo ha sido aventurarse a ser papá: el éxtasis del nacimiento, las primera vez que reconoció su voz, te cuenta que no tiene reparos en sacar chanchitos y cambiar pañales, etc.

La conversación está genial pero el horno comienza a humear y tu primo salta del sillón, corre a la cocina y llama a toda voz a su esposa. Ella llega y se siente fatal, pide mil disculpas porque el niño no se dormía nunca y el tiempo paso volando, tu primo la mira y le indica que tenga cuidado y que si necesita ayuda se la pida”

*** 

Te suena familiar esta escena? Creo que todas y todos podemos afirmar que estamos frente a una generación de parejas, esposos o padres más dispuestos a sumergirse de modo más activo en la crianza y cortar con el machismo de “madre en casa, padre en el trabajo”. Pero, hay algo que te llame a atención de la escena? Algo que no cuadre del todo?

Cuando un hombre pide a su pareja que le indique en qué puede ayudar, está asumiendo que la mujer cumple el rol de líder de la casa o “jefa de hogar” puesto que ella sabe cuándo y cómo deben hacerse determinadas cosas y él no.

Si ella no le refiere a su pareja qué debe hacer, se da por entendido que el otro -en el fondo- no tiene idea de cómo, cuándo, dónde y porqué debe hacerse.

Para vincularlo con el ejemplo inicial: está muy bien que el primo tenga una consciencia parental mayor a la de décadas pasadas, pero te ha invitado él a su hogar y sabe que su esposa está recién parida. Por ende enfocarse él en la cena, en vez de esperar a que ella se lo indique, no debiese ser algo muy difícil de pensar.

Cuando se infiere que la mujer es quien dirige las responsabilidades del hogar, la pareja se posiciona en un rol secundario o de pasividad que tiene repercusiones emocionales en la mujer.

Estar en un puesto de poder tiene un monto importante de estrés dado que implica planificar, coordinar, administrar todo lo que implica lo doméstico. Sumado a la responsabilidad extra de ser jefe de recursos humanos (todos los miembros de la casa) y el rol nuclear de lo materno.

Este tipo de rol se llama “carga mental” e implica toda aquella responsabilidad que implica liderar equipos: debes estar atento y alerta constantemente, en todo momento.

Si lo piensas, la mayoría de las personas en cargos de jefatura toman distancia de la actividad misma, pues se hace casi imposible administrar y realizar en trabajo al mismo tiempo.

Esto a las “dueñas de casa” no les pasa, deben sostener la doble militancia entre coordinar y hacer las labores, cosa que produce un desgaste emocional muy potente.

Muchas de estas mujeres (no podemos generalizar) sienten que se invisibiliza el coste de ser la coordinadora y se da por sentado la carga que conlleva. Sienten que sus maridos o parejas están bastante dispuestos a participar del hogar pero siempre y cuando sean ellas que les indiquen qué hacer, cómo hacerlo y en qué cantidad.

Y ayudar en lo doméstico bajo esas circunstancias es rechazar asumir una porción de la carga mental del hogar, cosa que si lo piensas, no es muy justa para las mujeres.

Tanto hombres como mujeres nacemos con la potencialidad de desarrollar más o menos las mismas cosas, no es algo genético es algo aprendido. Y si bien es cierto que para muchas mujeres no sea difícil asumir la carga mental doméstica, esto probablemente se debe a que desde muy temprana edad vieron a sus modelos femeninos cumplir esta función.

Hoy en día la mujeres hemos logrado ocupar nuevos espacios que tradicionalmente eran masculinos, pero si no dejamos de lado la lógica “yo te ayudo” lo que realmente ocurre es que esas mujeres trabajadoras sólo añaden responsabilidades a la mochila emocional.

Es cierto que nadie nos obliga a tomar la carga mental pero el miedo de muchas es “si no lo hago yo, no lo hará nadie” y para eso es clave la introspección personal y de parejas.

Querido lector, nadie quiere asumir que a uno le quedan gotas de machismo o tradicionalismo añejo pero negarlo sólo hará que uno los repita inconscientemente; nos pasa a hombres y a mujeres asi que no se ofusque, lo importante es tener la fuera interna suficiente como para tratar de modificarlos.

Espero que finalmente esta columna abra el espacio de discusión en las casas, favor entiéndase que jamás ha sido la intención mermar las fuertes transformaciones que han logrado los hombres que reconstruyen la masculinidad desde lo doméstico y la crianza. Pero tampoco queremos vanagloriarlos. Aún queda camino por recorrer; hombres y mujeres debemos discutir y reflexionar sobre los estilos de vida que queremos lograr y ser capaces de visualizar cuando se nos ha quedado en el coladero un resquicio del tradicionalismo con el cual crecimos y tendremos modos de relacionarnos más democráticos y más ecuánimes.

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